La Burrita Patalina en el Portal de Belén

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Miraestrellas
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Registrado: Mar 13 Feb, 2007 11:31 pm

La Burrita Patalina en el Portal de Belén

Mensaje por Miraestrellas »

Quizás porque aquella noche no iba a ser como ninguna otra, ni jamás volvería a haberla a lo largo de la historia de la humanidad, quizás fue por eso, por lo que a Patalina, una borrica dolorida por los golpes, vieja y reumática, la llevó a estar en aquel momento cerca de la ventana de la granja donde había nacido y malvivido. Su vida había sido muy dura, jamás había conocido una caricia, ni una alabanza, aunque durante toda su vida se había esforzado en tirar del arado con todas sus fuerzas. Ahora siempre agotada, apenas comía y sus fuerzas estaban abandonándola, por eso al estar cerca de la ventana que daba a la cocina, pudo escuchar cómo su amo hablaba con su esposa - Creo que mañana voy a llevar a Patalina al matarife, no puede acabar el trabajo y aunque la golpeo con todas mis fuerzas, las suyas parece que ya la han abandonado - . Al oír esto, sus patas se le paralizaron, nunca había pensado en que algo así pudiera pasarle. Ahora que lo pensaba, seguramente a sus padres les habría pasado algo muy parecido, ya que siendo viejos se los llevaron y nunca mas supo de ellos. Aquellos recuerdos ahora le habían creado un nudo en su estomago y por primera vez, a pesar de las calamidades que a lo largo de su vida había tenido que padecer, sus ojos dejaron caer unas lágrimas que corrieron por su hocico yendo a caer delante de sus patas.

Aquella noche, cuando su amo la dejó pastando en la colina como siempre hacía, miró hacia los cielos, hacia las estrellas que la habían cobijado dándole calor a su corazón. Sin embargo esa noche era distinta, no podía quedarse allí, sabia que al día siguiente su amo la entregaría al matarife, por lo que cuando vio que todo estaba en calma y sus amos, posiblemente ya estaban dormidos, puso sus doloridas patas en movimiento y empezó a alejarse de unos seres tan ingratos como aquellos, y aunque no sabia hacia donde ir, pues jamás había salido de allí y cualquier camino le era desconocido, sin que supiera por qué razón, puso sus pasos en dirección a una estrella que había aparecido hacía unos días y que lucía más que ninguna otra, ya que incluso de día se podía ver.

Una ráfaga de viento frío la recibió al llegar a lo alto de la colina y los primeros copos de nieve empezaron a caer. Un escalofrió recorrió su viejo cuerpo, miró hacia donde aquella estrella brillaba con tanta intensidad y se dio cuenta de que lo hacía en dirección a Belén, una pequeña aldea de apenas unos cientos de habitantes. La nevada se estaba agudizando y el frío se hizo mas intenso, a pesar de la oscuridad de la noche, se podía apreciar que todas las casas de la aldea tenían la chimenea encendida.

Siguió caminando hacia la aldea cuando le pareció ver a lo lejos a un par de personas que caminaban con cierta dificultad, una de ellas iba apoyada sobre la otra y apenas se tenía en pie, su instinto le indicaba que debía esconderse, por lo que optó por apartarse del camino y situarse detrás de unos espesos matorrales, esperando que pasaran de largo; poco a poco se fueron acercando y, desde su escondite, se dio cuenta de que eran un hombre y una mujer; ésta parecía abatida y agotada, posiblemente debido al frío y a que, como pudo observar, estaba preñada y, por su volumen, debía de estar en un estado muy avanzado. Aguantó la respiración y el corazón se le aceleró cuando llegaron a su altura, sabía que si la descubrían, seguramente la devolverían a sus amos; por lo que procuró no mover ni las pestañas.

Al estar a escasos metros, hasta ella le llegaban con nitidez el jadeo, sobre todo de la mujer. En un instante en el que se detuvieron, ella se dirigió al hombre -José, no puedo más, estoy agotada – el hombre la abrazó a la vez que procuraba que ésta no se dejara caer en la fría nieve; por experiencia sabía que jamás volvería a levantarse si lo hacía, por eso con dulzura y, mientras la sostenía entre sus brazos, le dijo – María haz un pequeño esfuerzo, estamos cerca de esa aldea - - No puedo José, ya no puedo más - - Pero aquí no podemos quedarnos, moriríamos de frio – Ve tú, busca ayuda y ……… - un pequeño gemido brotó de su garganta - - ¿Qué te pasa, mujer? – preguntó con angustia el hombre, que, aunque se imaginaba qué podía ser, sus piernas temblaron pensando en que si era el nacimiento que estaban aguardando, éste no podía ser en peores condiciones – Creo José que ha sido el primer aviso de que nuestro hijo está preparado para venir a este mundo -. La abrazó con fuerza contra su pecho.

Patalina había oído claramente a aquellos infelices y algo se movió dentro de ella; sintió pena por ambos y supo que debía ayudarlos. Su conciencia, algo que no sabía ni tan siquiera que tuviera, no le permitía irse de allí y abandonarlos aunque eso significara volver a la granja para ser sacrificada. Sabía que sólo si los ayudaba, aquellos dos seres volverían a ver amanecer, por lo que miró hacia la estrella que estaba siguiendo y se percató de que ellos también iban en la misma dirección, por lo que salió de su escondite.

Al acercarse, el ruido de sus pasos fue silenciado por unas ráfagas de frío viento, de esta forma, llegó hasta donde ellos seguían abrazados, seguramente dándose calor mutuamente. Con el hocico golpeó la espalda del hombre, al no ver ninguna reacción, volvió a golpearlo con algo mas de fuerza y el hombre se giró asustado, sobre todo, cuando ante él apareció aquel par de ojos grandes mirándolo fijamente, y aquellas largas orejas que se doblaban por la fuerza del viento – Dios mío, gracias – exclamo, separándose de su mujer y acariciando el hocico de la borriquilla. La mujer abrió los ojos, eran tan bonitos que cuando los miró Patalina, sintió la dulzura que transmitían y se alegró de haberse quedado para ayudarlos. José ayudó a María a subir encima de su lomo, ésta, desfallecida como estaba, se inclinó de costado y fue a agarrarse de su cuello, abrazándola de esta manera.

Inmediatamente se pusieron en marcha hacia la aldea que estaba a unos pocos cientos de metros. La temperatura seguía cayendo y aunque Patalina estaba acostumbrada al dolor y las dificultades, sentía que sus patas se le estaban congelando y el dolor empezaba a ser insoportable. Encima de su lomo, la mujer parecía que había vuelto a reaccionar ya que notó con claridad cómo le acarició el cuello – Gracias mi noble amiga, yo no hubiera podido dar un solo paso más -; Patalina rebuznó dándose por enterada y la mujer le dejó un beso entre sus grandes orejas.

Continuaron viaje hacia la aldea, acelerando el paso todo lo que podían. Lo que hasta entonces habían sido ráfagas de viento, poco a poco se estaba transformando en tormenta. Pronto, todo quedaría cubierto por la nieve y nadie podría transitar por los campos, entre otras cosas, porque la nieve, debido al frío, se iría transformando en hielo, lo que haría imposible todo movimiento, por eso aquellos tres seres, una mujer embarazada, un hombre angustiado por ésta y una pobre burra que había huido de unos amos crueles, unieron sus escasas fuerzas para salir de aquella situación tan peligrosa.

Después de una penosa marcha llegaron a las primeras chozas.No se veía a nadie fuera de las viviendas, por lo que José se giró hacia su mujer que iba encima de Patalina, arropándola al tiempo que le pasaba la mano por su bello rostro, oportunidad que ella aprovechó para besarle los dedos, lo que provocó una tierna sonrisa por parte de ambos. A pesar de las circunstancias, se sentían afortunados de estar juntos, de ser el uno parte del otro y de que la vida los hubiera unido – Quédate aquí María, voy a pedir ayuda y volveré lo antes posible - - Ve José, no te preocupes – dijo la mujer. Patalina sabía que ella se sentía mal ya que no había parado de removerse encima de ella. Seguramente el parto estaba ya muy próximo.

El hombre desapareció detrás de la primera choza y Patalina se arrimó a la pared lateral de ésta, intentando refugiarse del frío viento.

Al cabo de unos veinte minutos volvió José, al llegar a su altura se dirigió a la mujer – María, no he podido conseguir que nos den cobijo en ninguna choza, aunque he apelado a su corazón diciéndoles que estás de parto - - No te preocupes José - - Bueno – la interrumpió éste – Sólo una anciana me ha autorizado a que podamos pasar la noche en la cueva donde tiene su buey - - Bien – dijo María con una sonrisa para darle ánimos a él – Creo que será un excelente lugar para pasar la noche y esperar el nacimiento de nuestro hijo –. Una ráfaga de fuerte viento les hizo volver a tambalearse a todos – ¿Dónde está esa cueva? - - Está al otro lado de la aldea, pero con esta tormenta de viento y de nieve que se ha desatado será difícil de ver - - Vamos hacia allí de todos modos, no tenemos otra opción- por un instante calló pero siguió diciéndole - No quería decirte nada José, pero los dolores son cada vez mas fuertes y creo que no tardara en nacer nuestro hijo – .

Al salir de la aldea y mirar hacia donde debía de estar la cueva que le habían prestado para pasar la noche, los tres se quedaron parados, asombrados por lo que sus ojos veían, la estrella, que desde hacía varios días ellos seguían, en aquel mismo instante, un rayo de luz proveniente de ella señalaba un lugar en concreto, María no dudó lo que era – Vamos José, esa estrella nos está señalando dónde se encuentra la cueva -, saliendo de su asombro, el hombre reaccionó – Si María, tienes razón, vamos deprisa -. El centenar de metros que los separaba del lugar, se hizo penoso, la nieve había empezado a congelarse y el frío entumecía sus extremidades, pero consiguieron llegar a ella.

Al entrar notaron cierto bienestar, José ayudo a María a bajar de Patalina y, aún dolorida por el inminente parto, ésta se giró hacia el animal y se abrazó a su cuello -Gracias por habernos ayudado, eres un animal noble y bueno y estoy segura de que tu sacrificio y esfuerzo será recompensando –. Mientras hablaba con el animal, José había buscado unas antorchas y las había encendido; al hacerse la luz, María quedó impresionada al ver con claridad a la burrita – Santo cielo, estás llena de cicatrices – se giró hacia José, que estaba preparando con la paja, un lugar donde pudiera María acostarse – José ven – éste fue hasta donde estaba su esposa – José prométeme que harás lo posible por comprar este animal, para que no vuelva con sus dueños tan crueles - - Está bien María, lo intentare, yo también estoy agradecido a este animal - , María, mas tranquila, se acercó a la oreja del animal y le dijo en voz baja – No te preocupes mi fiel amiga, nunca nadie mas volverá a hacerte daño -, Patalina rebuznó agradecida, ya que la había entendido y sobre todo había creído en sus palabras.

José había apartado al buey y éste, con mansedumbre, había obedecido al hombre sin oponer resistencia, en el lugar donde estaba acostado la paja estaba caliente, encima de ésta puso paja limpia que había en un rincón, al tiempo que se quito la capa que llevaba y la extendió encima de dicha paja, ayudando a María a acostarse encima de su capa; José se había sentado y ella estaba recostada apoyando su cabeza sobre el pecho de él, estando en esta posición él la abrazo para darle calor y ánimos.Patalina, quizás por instinto, se acostó al lado de éstos, anteponiendo su cuerpo entre la entrada y ellos, de esta manera, el viento frío no les impactaba directamente, lo que les producía un mayor bienestar, mientras que por algún resorte inexplicable el buey hizo lo propio, acostándose al otro lado, de esta forma, el calor de ambos animales, les resguardaba y les permitía un cierto alivio.

Las lágrimas de José cayeron sin querer sobre el rostro de María, ésta lo miró y él la apretó con mas fuerza sobre su pecho, ella no le dijo nada ya que inmediatamente se lo aclaro él – He pasado tanto miedo por ti, María, que no he podido evitar el llorar ahora que nos encontramos a salvo -, la mujer se aferró con mas fuerza a su brazo – Yo siempre he sabido que Dios no nos abandonaría – ; y quizás fue al mencionar a Dios, cuando de pronto las paredes de la cueva se empezaron a iluminar, el ambiente se hizo cálido y una niebla blanca entró en aquella cueva rodeando a los cuatro seres que allí estaban. Unas extrañas luces incandescentes y de todos los colores surgidas de la nada, empezaron a girar sobre ellos, haciendo que éstos tuvieran que cerrar los ojos y por unos instantes, los cuatro sintieron dentro de ellos que algo había cambiado, aunque lo que había cambiado era el destino de los hombres para siempre y para toda la eternidad. Al volver a abrir los ojos, allí encima del pecho de María, un niño sano, bello y sonriente la miraba, el mismo que unos instantes antes estaba dentro de ella, y que ahora se encontraba entre sus brazos. María y José quedaron maravillados, y sin tiempo para articular palabra alguna, un ángel llamado Gabriel se apareció ante ellos, y poniéndose de rodillas les dijo – María, por la Gracia que te otorgó el Espíritu Santo, concebiste este hijo siendo como eras virgen, y por esa misma gracia lo sigues siendo, ya que el niño que tienes entre tus brazos, yo, en nombre del Cielo, lo reconozco como Hijo de Dios –

Cuando ambos pudieron reaccionar, el ángel ya había desaparecido y el Niño seguía allí mirando a su madre; ésta lo arropó contra su pecho y lo abrazó con ternura.

Si cuanto había sucedido allí les parecía ahora un milagro, mas asombrados quedaron al darse cuenta de que Patalina estaba curada y todas sus cicatrices habían desaparecido volviendo a ser joven y fuerte de nuevo.

Y así fue mi pequeña Nerea, como vino el Niño Jesús a este mundo, en el lugar mas pobre y humilde, entre la mansedumbre de un buey y la nobleza y espíritu de sacrificio que representa la burra.

Por cierto, Patalina vivió el resto de sus días al lado de José y María, acompañando a Jesús, mientras Éste fue un niño, en sus juegos y correrías.
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